sábado, 4 de marzo de 2017

"Generación Descartable" - (Segunda Parte) - Capítulo XII


"Generación Descartable"
(Segunda Parte)
Capítulo XII
"ESMERALDO"
La Piedra del Deseo




"ESMERALDO"
La Piedra del Deseo

Había llovido torrencialmente toda la noche cuando llegué a Bahía de San Salvador.
El ómnibus entró por una calle empedrada hasta el alto edificio de la Rodoviaria 
en uno de esos barrios céntricos donde siempre están emplazadas las estaciones
y que casi nunca dan una pauta de lo que es esencialmente la ciudad.
El lugar estaba lleno de bares y hoteles pero yo no iba a perder el tiempo en nada de eso.
Amanecía con un sol hermoso que hacía brillar las calles mojadas.
Me había hecho amigo de tres chicos de San Paulo que venían en el ómnibus
y ya andábamos juntos como amigos de siempre.
Y ellos habían decidido que en ese momento lo mas importante era tomar un buen baño,
así que cargando nuestros bolsos atravesamos la ciudad, bajamos por el elevador y
frente a la plaza nos indicaron el lugar de los baños junto a la vieja muralla.
Era un caserón colonial y a través de largos pasillos y altas puertas llegamos
a la sala de baños.
Detrás de una puerta verde se sentía el fuerte ruido del agua. Entramos a un pequeño
recinto de paredes de piedras. Era un lugar muy antiguo que me pareció el interior de
un cofre secreto.
En la pared opuesta a la entrada y un poco mas arriba de nuestras cabezas estaba
la boca de agua que surgía del mismo muro. Un grueso chorro de agua puro y cristalino
brotaba sin parar y describía un semi arco cayendo en medio del recinto sobre las piedras
pulidas del piso, salpicando y cantando y escurriéndose por las canaletas que surcaban
el suelo. Nos miramos asombrados porque el lugar era verdaderamente primitivo y después
lentamente nos desnudamos y nos fuimos metiendo bajo el chorro fresco del agua.
Yo tenía la sensación de que ese lugar concentraba un inmenso significado y que estaba
cargado de sentido como los símbolos.
Por una claraboya entraban los rayos del sol y mientras nos bañábamos nuestros cuerpos
tomaban extrañamente el mágico fulgor del oro. Éramos de oro, sin duda.
Y saltábamos y gritábamos y reíamos bajo el agua y alguno también cantaba
y éramos jóvenes y hermosos  con esbeltos cuerpos dorados y los lacios pelos de uno eran
como briznas de hierba y los cabellos enrulados de otros eran como
caracoles de cristal y los ojos eran hermosas joyas transparentes y luminosas.
Y yo pensaba que después de ese largo viaje por caminos polvorientos, finalmente Bahía
era eso, ese agua brotando entre las piedras. Si, nada más que eso era Bahía de San Salvador.

Mis tres amigos magos me conducían. Y eran tres locos formidables super positivos al mejor estilo
brasuca. Artesanos, hippies y locos, o malucos como ellos mismos decían.
Milton, Paulo y Jimmy…
Con Milton desde el comienzo tengo una comunicación especial. Toca la flauta y parece que
nos entendemos en forma instantánea. Milton… Sus amigos lo llaman “Seda” porque siempre
está procurando papel de armar: “¿Cade a seda?”-dice. Pelo afro muy enrulado con reflejos
color cobre por el mar y el sol. Ojos color miel. Piel dorada, muy bronceado. Flaco y alto,
viene a Bahía a curtir el verano, y a vender sus artesanatas: aros, pulseras, piedras y cueros.
Trae un paño con mercadería y un par de herramientas. Viste una remera, unos jeans gastados
y sandalias artesanales. Veinte y poco de años y haciendo carona por el camino.
Yo sospechaba que eran ángeles y me dejaba guiar dócilmente por el laberinto apasionante
de la ciudad. Nunca había visto esa maravilla de arquitectura. Esas callecitas empedradas
que suben y bajan y giran y dan vuelta entre casitas de todos colores con techos de tejas
y balcones barrocos de madera tallada.
Y esos jardines de los patios interiores con plantas exuberantes entre fuentes y galerías.
Yo veía un paisaje urbano totalmente nuevo donde abundaban las piedras labradas, el hierro forjado
y la madera tallada. Mis amigos ya habían estado otros veranos y me mostraban los lugares
que conocían y los sitios más característicos de la ciudad. Yo me asombraba ante las vendedoras
callejeras, las plazas, los paseos, las iglesias y los barrios antiguos. Las calles donde se festejaba
el carnaval y los innumerables bares donde se reunía la gente. Y así pasamos el centro comercial
y siguiendo una avenida que ondulaba suavemente llegamos a la casa de la calle Raymondo.

La casa de la calle Raymondo… A veces pienso que los verdaderos protagonistas de las historias son las casas. Mi memoria está llena de rostros y nombres a tal punto infinitos que a veces temo se confundan unos con otros, o lo que es aún peor, que algunos caigan para siempre en el olvido, cosa que raramente podría suceder, porque casi siempre un nombre o un color, una palabra o una música,  hacen surgir de pronto a seres que parecían olvidados.
Debe ser que los recuerdo, ellos mismos se procuran su propia supervivencia. Y si esos seres son los protagonistas, entonces las casas… Si, la casa es lo más importante, porque son como la matriz de todas las historias. Y a veces suelo pensar que son como naves espaciales que conducen al encuentro de los seres. Nuclean las historias y son el punto de referencia que tenemos en común. Y tal vez el plan y la clave de lo que sucederá en el marco referencial de su espacio y su tiempo. Y la casa de la calle Raymondo (¿Rey del Mundo?) resultó ser algo muy especial para mí.
Era la pensión de a Donha Tereza, una casona inmensa que ocupaba toda la esquina en una cortada
junto a la avenida. Esa calle  que daba una leve curva hasta un descampado desde donde podía verse
toda la ciudad. Era una casa amarilla de planta baja y piso superior con techo de tejas rojas, Y en la planta baja vivía la Donha Tereza con toda su corte y en el piso de arriba estaban las habitaciones de alquiler. Era una casa muy antigua y destartalada, y la pensión mas barata de Bahía. Y ahí se juntaban cada verano los locos que venían de Río y de San Paulo a pasar sus vacaciones.
Cuando llamamos a la puerta apareció la Tereza. Una mujer negra de mediana edad, tan gorda que ocupó toda la puerta con su cuerpo impidiéndonos el paso. Parecía que no quería saber nada con nosotros, mas aún cuando me vio a mi lleno de collares y anillos vestido con la túnica blanca de monaguillo y la bincha violeta en la cabeza.
Empezó a decir que ya no había lugar, que estaba todo ocupado y todo reservado. Pero los chicos le hicieron el filo y entre broma y seducción lograron que la Tereza se apartase de la puerta y subiese los escalones crujientes del porche olvidándose de mi y retomando el corredor oscuro hacia la cocina donde volvió a unirse al grupo de niños, viejos y mujeres de su corte. Y yo conducido de la mano de Milton me escurría por el corredor y subíamos silenciosos la escalera de madera desvencijada hasta el piso superior. Y ahí estábamos en otro mundo sin comunicación aparente con la planta baja en donde Paulo y Jimmy se habían quedado entreteniendo a la dueña, desplegando para ella el paño de brincos y rentando cualquier cuartucho pagando unos días por adelantado. Al rato se unieron a nosotros diciendo que la Tereza era una mujer buenísima pero que no entendía nada y no había que hacerle caso. Tenían la llave de una habitación y aunque las camas no fuesen suficientes ya nos arreglaríamos.
Si, la planta alta era un mundo aparte. Estaba formada por una sola habitación inmensa dividida por tabiques de madera en unas ocho o diez habitaciones pequeñas unidas por un estrecho corredor lateral. Y al atravesar el corredor pudimos ver luces de diferentes colores por encima de los tabiques divisorios. En uno de los compartimientos sonaba música de la radio y en otro se oían los rasguidos de una guitarra.
-          Olha… o violón. –dijo Milton al tiempo que hacía brotar una notas de su flauta.
En algún otro lugar alguien se reía y más allá se oían varias conversaciones superpuestas. Y por todas partes un fuerte olor a incienso intentando ocultar otro olor más fuerte y sugestivo. Nuestra habitación era la de la esquina y era minúscula, con apenas dos camas y una mesita junto a la ventana. Milton se arrojó sobre una de las camas y Paulo ocupó la otra, Jimmy desplegó su manta en el suelo. Y yo… de momento ya tenía copada la mesa junto a la ventana y observaba como mis amigos se estiraban rendidos de cansancio por el largo viaje y Milton hurgaba entre sus bagullos preguntando:
-          ¿Cade a seda rapais?... ¿Cade ela?..

A la tarde vamos hasta el Farol da Barra, una antigua fortaleza construida sobre un peñasco a orillas del mar. Salvador de Bahía fue fundada en 1548 y desde ese torreón sin duda se avistaban las naves enemigas para organizar la defensa de la ciudad. Ahora el fuerte era visitado por los turistas, invadido por los vendedores regionales y punto de reunión de todos los locos, lugar de exposición de los artesanos, museo, paseo y además… algunos patios y habitaciones habían sido invadidos y copados por familias muy pobres y numerosas que tendían sus ropas, cambiaban a sus hijos y preparaban sus comidas ante la visita de los turistas que recorrían el lugar.

La gente deambulaba por las largas veredas del paseo que bordeaba el mar y allí mis amigos desplegaron sus paños exponiendo sus mercaderías. El cielo era diáfano. La ciudad descendía hasta la costa en terraplenes escalonados por caminos zigzagueantes y el mar fabuloso se mecía suavemente entre las rocas. Se veía azul verdoso sin decidirse exactamente por el azul o por el verde. Las nubes tornaban del rosado al lila. Y en algún lugar del horizonte, en las islas, se decía que Mick Jagger y los hippies habían instalado sus campamentos.
Al avanzar la tarde el lugar se fue llenando de gente. Se veían pelos muy largos y túnicas multicolores, binchas en el pelo y profusos bordados, sandalias y jeans, anillos y collares, guitarras y flautas. El flower Power había copado la ciudad. Los locos decían que Caetano estaba en Bahía y faltaba poco para toda la locura del carnaval.
Yo estaba fascinado con la gente. Cada persona que conocía me parecía descubrir una nueva raza, cada rostro una nueva especie. Los grupos que se reunían a conversar semejaban extrañas congregaciones y me maravillaban la fuerza y la energía que colmaban a esos seres donde descubría cabezas majestuosas que giraban como montañas imponentes adornadas con gemas iridiscentes. Algunas miradas y el sonido de sus voces parecían animadas por la misma energía del rayo en las súbitas tormentas del verano, o emitían los sonidos susurrantes del viento entre el follaje. Los pelos parecían electrificados y quemados, descoloridos y pintarrajeados.
Es que las personas ejercían sobre mí una atracción irresistible. Como me sucedía con la arquitectura del lugar, los caracteres físicos también me resultaban sumamente originales. En mi país había rasgos componentes de dos o tres ramas de las corrientes de inmigrantes europeos que lo habían poblado; pero aquí, en este pueblo se hacían visible en forma evidente marcados caracteres orientales, y además el elemento afro de la gente negra y todas las combinaciones resultantes. Me atraían los ojos chinos de un muchacho que combinaban extrañamente con su piel de tierra aurífera de caboclo, o una menina negra de piel de cobre y labios carnosos. Por otro lado había también marcados caracteres europeos, especialmente germánicos en muchas fisionomías y también estaba el dulce sutaque  gutural francés en la cadencia del idioma brasilero. Era otro pueblo, otra raza muy diferente a la austral a la que yo pertenecía. Ellos eran más cálidos y expresivos. Parecían exteriorizar todo lo que sentían, eran más amables y graciosamente solemnes, y también muy sencillos y seductores.
Su lenguaje mismo  era muy melodioso y por momentos parecían niños.
Yo me sentía tan deslumbrado que me olvidaba de mi mismo. Esos seres me despertaban mucha ternura. Hubiese querido besar y acariciar a todo el mundo. Pero aunque yo me olvidase de mi mismo para percibirlos con mayor profundidad, ellos me percibían también a mi de una forma muy particular. Me trataban como si me conocieran desde siempre, como si ya hubiesen aprendido mi manera de ser y de pensar. Y aunque yo nunca he sido muy atractivo ni demasiado carismático, los personajes mas destacados de sus grupos buscaban comunicarse especialmente conmigo en algún momento. Yo no era muy conversador pero siempre había alguien dispuesto a mantener conmigo una amistosa conversación. Sin conocernos previamente me hacían interesantes declaraciones e insólitas confidencias. En pocos momentos se creaba una relación muy intima y la comunicación tenía  la característica de una expresión de arte. Yo notaba grandes diferencias: en mi país las personas daban la impresión de ser niños tratando de parecer adultos, aquí, por el contrario, la gente parecía demostrar a cada momento que aunque fuesen adultos en alguna forma siempre seguirían siendo niños.
Me obsesionaba la belleza humana (ese factor que imprime en los seres el sello del presente y que muy raras veces impresiona las placas fotográficas). Yo acariciaba los cuerpos con la mirada. Durante las conversaciones dibujaba repetidas veces los rostros. Sin desatender el tema de la conversación, una parte paralela de mi percepción recorría la línea de los labios, descubría el tono de la leve coloración de los párpados, perseguía el movimiento de las manos en cada secuencia, atrapaba el trazo veloz de un perfil o percibía el fulgor de una mirada.
Y esa tarde en Bahía yo presenciaba fascinado una super concentración de belleza, porque el lugar de por si era maravilloso, y lo mas importante, la gente (sin la cual los lugares no me significaban nada), la gente era formidable.
Mis tres magos que ya de por sí eran hermosísimos me presentaban a unos garotos que hacían música y que tenían aspecto de duendecitos encantadores: uno rubio y muy blanco de ojos celestes que saltaba cada vez que se reía, otro negro azulado de largos bucles que digitaba continuamente una viola invisible, otro de barba y pelos de fuego que pensaba que todo era muy absurdo. Yo deseaba que la conversación se prolongase para poder admirarlos por más tiempo, pero cuando se marcharon apareció un tipo grandón, con larga barba y pelos de troglodita con su mujer, una negra escultural con una túnica iridiscente y descalza. Ambos muy ingeniosos y divertidos. Teníamos que pasar por su estudio para ver sus pinturas. Yo hubiese querido retenerlos pero aseguraron que volveríamos a encontrarnos con más tiempo. Y de pronto aparecía ante mi vista un barbudo de aspecto legendario con los pelos calcinados por el sol y extasiados ojos ultramarinos que según me explicaron mis amigos era un poeta delicioso y también un músico encantador. Su conversación era disparatada, abundando en metáforas y expresiones exóticas. Nos veríamos mas tarde en el mercado ¿verdad?
De cierto que pasaría luego a buscarnos por la pensión. Entonces aparecieron unas garotas alucinantes: una parecía un muchachito, una especie de grumete salido de la tripulación de un barco pirata, la otra era etérea como un  hada. Iríamos a tomar cerveja mas tarde. Nos esperaban en la terraza del bar. Pasaban y algo de mi se iba tras ellas. Pero ya nos encontrábamos con un grupo que hacía teatro en la playa. ¿Iríamos a verlos? Estarían esa misma noche en el Jardin de Alá. Yo estaba estupefacto. Y no se trataba en todos los casos del sentido clásico y tradicional de belleza. Era muy otra cosa. Algo difícil de explicar. A veces yo comentaba a mis amigos:
-          Aquella garota de la playa tan linda…
Y ellos me miraban diciendo:
_ ¿Vocé acha? Ela no e tan linda nao. E muito pequenha e muito magra.
-          Si, claro. –decía yo.
-          - So que ela tein graça. – decían ellos.
Parecía entonces que la gente más que belleza tenía gracia.
Pero lo cierto es que a veces yo veía a la gente como a través de una lente distorsionante. Me llamaba la atención una boca que no podía dejar de mirar mientras hablaba y se reía y mientras más la observaba tenía la impresión de que había algo marcadamente exagerado. ¿Por qué atraería tanto mi atención? Avanzaba en el campo visual e insinuaba poder ocupar todo el espacio. Esa nariz ¿acaso no era demasiado aguileña? El arco de su tabique se curvaba cada vez más hasta crear otro plano espacial independiente del rostro. Unos dedos demasiado largos se desprendían de la mano y flotaban ante mis ojos, luego volvían a integrarse. ¿Una mandíbula podía estirarse hasta ser mas larga que toda la cabeza? Y este fenómeno estaba para mi estrechamente ligado al concepto de belleza. Tenía mas que ver con la expresión puesto que estaba relacionado siempre a la gente mas expresiva, a la gente que me comunicaba y me transmitía cosas, ideas, afectos, emociones, deseos. La belleza clásica estaba allí en principio,  pero de repente se producía un desdoblamiento, algo se desplegaba en algún detalle para hacerme ver que lo verdadero, lo esencialmente bello era algo mas que el simple equilibrio de las formas. La pura belleza formal podía ser un valor incompleto si no fuera por ese otro elemento.
 Me sucede muy frecuentemente  al contemplar viejas fotografías de familia o de amigos, de pronto pienso: esa boquita, qué anticuada… o que nariz demodé… o un torso desnudo, qué vetusto. Ya se que no se trata de superación de las técnicas fotograficas ni de las ropas inusuales, y menos aún del paradigma de belleza de la época ya superado. Se trata simplemente de que lo que completa la imagen de las formas bellas es solo la expresión del presente, difícil de captar con una Kodak, con cualquier Agfa o con todas las Polaroids. Y era precisamente eso lo que yo percibía, era eso lo que me fascinaba, lo que me hipnotizaba.
Esa noche tarde, juntamos algún dinero y fuimos a comer a los puestos del mercado. Arroz y porotos negros con tocino y chorizo y mucha Farina de mandioca; Feichoada. Los puestos eran atendidos por negras vestidas con hermosas ropas blancas llenas de puntillas y volados. Las mesas iluminadas con velas y siempre el profundo aroma del incienso en el aire. Todo el tiempo conocíamos mas personas y hacíamos nuevos amigos. Me volaba la mente solo los nombres de la gente. ¿No eran extraños y encantadores?: Gilson, Newton, Ran-Ran, Buda, Milton, Mira, Maninha, Plinio… No solo la traducción de los tradicionales nombres latinos o griegos o celtas o sajones, sino, además otros, algunos muy propios, otros traídos de la antigüedad, otros como sonidos onomatopéyicos, y otros tal vez inventados. Todos despertaban en mi profunda admiración. Y esa noche, mi primera noche en Bahía con mis nuevos amigos, bebiendo una cerveza deliciosa que sugestivamente tenía el nombre de una divinidad hindú, la Brahama chopp, y fumando unos cigarrillos que tenían que llamarse Alfa y no de otro modo, estaba lejos de saber que pronto conocería a alguien con un nombre realmente excepcional.

Sin duda la casa estaba encantada. Por momentos no había nadie y daba la sensación de una casa abandonada, y al instante se llenaba de gente a tal punto que parecía imposible que pudiese haber tantas personas en un lugar. La gente más loca de Bahía pintaba por esa bendita casa a diferentes horas del día. ¿Cómo harían para burlar el control de los habitantes de la planta baja? No podía entenderlo porque la Terezinha seguía diciendo que no permitía visitas en las habitaciones, porque ella no quería tener problemas con las autoridades, pero sin embargo algunas noches todo Bahía parecía estar reunida en la planta alta de la casona de la calle Raymondo. Grupos numerosos entraban y salían. Desde la ventana de arriba se hablaban a los gritos con los que estaban abajo en la calle. A veces se formaban banditas de músicos con hasta dos o tres guitarras, un par de flautas y algunos tamborines que arremetían inesperadamente  con un violento rocanrol o una samba bien caliente coreada y palmeada por una ronda de numerosos espectadores. Al rato todos salían a tomar cerveza en los lanchonettes de la avenida y la casa se sumía en un profundo silencio donde parecía imposible que  hubiese habido tanto bullicio un momento antes. Entonces volvía a imperar el sonido del televisor o las voces destempladas de los viejos y los gritos de las crianzas en la planta baja. Así sucedía siempre como por oleadas con un ritmo semejante al de la respiración. La casa se llenaba y se vaciaba periódicamente varias veces al día.
Mis amigos los magos salían temprano a vender sus artesanías y volvían muy tarde por la noche. A veces dormían en cualquier plaza sobre la grama o con sus meninas en la playa y yo pasaba varios días solo en el cuarto de la pensión. La mesa y la silla junto a la ventana era mi lugar exclusivo. Bien aprovisionado de papeles y marcadores de colores, con la ventana abierta al día o a la noche pasaba gran parte del tiempo dibujando. Por la tarde iba hasta la playa a pasear por la costa y a encontrarme con la gente y volvía a la noche atravesando toda la ciudad. Y mientras dibujaba sobre la mesa en la habitación percibía ese ritmo alucinante de la casa. A través de los cuartos sin techo me llegaban las voces, las conversas, las risas y el movimiento de los otros habitantes.

Descubrí que la casa estaba encantada como por casualidad la noche que me tomé un jarope Romilar. Era noche ya tarde, dibujaba en mi habitación. Los muchachos habían llegado de la playa muy cansados y se habían dormido en sus lugares habituales. Dormían desnudos por el calor sofocante de las noches del verano Bahiano. Yo había encendido una vela sobre la mesa y dibujaba.
Esa vez estaba dibujando precisamente a mis amigos durmiendo. Ya otras veces habían posado para mis dibujos, y esa noche el modelo de turno se había quedado dormido pero igual yo seguía dibujando. Entusiasmado había integrado al dibujo a mis otros compañeros, el desorden de la habitación y hasta a mi mismo dibujando en la mesa de trabajo junto a la ventana abierta. Me pareció que ese dibujo era muy bueno. La habitación tenía límites difusos y las paredes eran transparentes. La luz de la vela ponía reflejos dorados en los cuerpos y por la ventana abierta entraba la noche invadiendo el cuarto con el resplandor de las estrellas. Un arco iris comunicaba los cuerpos con sus colores. Todo se transparentaba,  se atravesaba y se superponía. Las paredes parecían sembradas de estrellas mientras los cuerpos flotaban en sábanas como nubes… y la luz de las velas y los resplandecientes colores del arco iris… Paulo en el suelo dormía hecho un ovillo. Jimmy, en la cama, boca abajo parecía un nadador. Y Milton… bueno, Milton había tenido una erección mientras dormía boca arriba justo en el momento en que yo lo dibujaba. Y yo, no queriendo falsear la realidad lo había reproducido muy fielmente con erección y todo. Parecían ángeles flotando entre las estrellas, uno de ellos, curiosamente, con el sexo erecto…
En una de las habitaciones alguien dejaba oír el rasgueo de una viola a la vez que una voz entonaba un tema folk muy suave que en alguna de sus estrofas repetía:

“Mais elis matan os pássaros…¡Ah!… ¿por qué matar?...”

Comprendí que en algún lugar se había creado un clima propicio. Y me gustaba mucho como me había salido aquel dibujo. Era realmente bueno. Y esa música… con ese fraseo… Era algo especial, como una especie de llamada. Entonces sentí un fuerte e irresistible impulso, un puro deseo de ir hasta donde estaban haciendo aquella música… Desnudo como estaba, con solo la bincha violeta rodeando mis alborotados pelos, salté de la mesa y sosteniendo el dibujo por la punta de la hoja abrí la puerta y salí al corredor. Llevaba mi dibujo, tal vez no tanto con la intención de mostrárselo a alguien, sino porque quería  hacer coincidir el dibujo con aquella música en un mismo plano. Tanta era la afinidad que me parecía descubrir entre ambas cosas. Todo lo demás, la casa estaba completamente silenciosa. Las luces de los compartimientos siempre encendidas arrojaban una tenue penumbra en el corredor. Y solo se oía ese suave rasguido y aquel fraseo repetido. Dejé la puerta abierta tras de mi y avancé unos pasos por el corredor sosteniendo el dibujo con la punta de los dedos.
Para llegar hasta la música tenía que atravesar todo el pasillo porque el sonido venía de la habitación del fondo. Di dos o tres pasos hacia allá y me detuve a contemplar la situación. ¿Qué pasaría si alguien llegaba a encontrarme desnudo en medio del pasillo con una hoja de papel en la mano?... Seguí desplazándome muy lentamente. ¿Y si alguien abría alguna de las puertas de las habitaciones y me sorprendía en esa situación? No tenía tiempo de contestarme esas preguntas porque en ese momento fue cuando descubrí que la casa estaba encantada y que lo que estaba sucediendo era parte de un extraño sortilegio. Lo supe porque debido a la extrema lentitud de mis movimientos pude ver que las paredes a ambos lados del corredor y hasta el techo y el piso de la casa estaban iluminados por un extraño resplandor. Me detuve de golpe y todo se apagó. Volvía a moverme lentamente y todo volvió a iluminarse. Pero al intentar cambiar la velocidad de la marcha y avanzar un par de pasos a una ritmo normal las paredes se apagaron con una opacidad concentrada. Traté de retroceder y la materia pareció condensarse para impedírmelo. Pero si volvía a retomar mi impulso inicial, siempre que me moviese muy lentamente y como flotando casi en puntas de pié, toda la casa volvía a encenderse iluminada por tenues resplandores provenientes del interior mismo de la materia. Hasta la música parecía decirme que siguiera avanzando y fue así como tuve la certeza de que la casona amarilla de la calle Raymondo era un territorio mágico.
Seguí avanzando siempre muy lentamente viendo como las paredes relampagueaban subiendo y bajando la intensidad de sus resplandores y a cada paso las luces arrojaban diferentes tonalidades de colores, a cada centímetro que avanzaba pasaban del celeste al blanco, al amarillo. Mas adelante se hacían de un verde muy suave y después
de un lila tenue, enseguida un puro fulgor rosáceo como de amanecer y por fin fue un dorado reflejo
de crepúsculo. Un poco más allá fue la luz verde abismal de profundidades oceánicas. Yo pasaba a través de un espacio muy denso, casi líquido, como arrastrado por corrientes subterráneas. La música era siempre un polo de atracción muy concreto y yo ya estaba en su órbita. Sabía muy bien que nadie me interrumpiría. Ya estaba llegando al fondo. ¿Cuánto tiempo me había llevado atravesar ese corto trecho? No podía decirlo porque había entrado en un tiempo paralelo al tiempo habitual de los relojes, el mismo y diferente. Pasé a través de un espacio sólido casi pétreo, luego hubo un trayecto totalmente ígneo y avancé en medio de los resplandores del fuego y ya frente a la puerta del fondo el espacio se tornó aéreo, azul, etéreo. Entonces alguien adivinó mi presencia, la música se detuvo, se oyeron unos pasos breves y la puerta se abrió.

Había abierto la puerta y se había quedado mirándome entre asombrado y divertido. Yo estiré hacia él la hoja con el dibujo. Desde su punto de vista la hoja de papel cubriría justo la desnudes de mi sexo. El pareció comprender y me hizo señas para que me apresurase a entrar. Asombrado vi que la habitación estaba llena de gente, cosa que yo no había previsto. Aparte de la guitarra y la suave voz del fraseo yo no había percibido ni voces ni murmullos. La habitación era grande y había personas sentadas en el suelo mientras otras parecían dormir sobre esteras. La luz era difusa y muchas partes del cuarto quedaban en penumbras. Un rayo de luz muy tenue caía sobre la cama iluminando a un muchacho con una guitarra. El que había abierto la puerta tomó el dibujo, me tomó de la mano y me condujo hasta un lugar oscuro en el rincón mas apartado de la habitación, cerca de la ventana donde nos sentamos sobre una estera. Se acercó a mí y me dijo al oído:
-          Nois istamos facendo “operaçón silencio”. No tein ninguein aquí. So o violón… ¿ta?
Se apartó para mirarme y le hice notar con una seña que había entendido. Él hizo dos señas para darme a entender que abajo dormían. Asentí conforme y mientras él observaba mi dibujo eché una mirada a las otras personas. Los que no dormían estaban sentados contra la pared prestando atención a la suave  música. Algunos se comunicaban entre si con ligeros y precisos movimientos de manos o pegando la boca al oído de su compañero cuando necesitaban decirse algo. Pero en general solo se oía un débil murmullo. Algunos cuerpos estaban entrelazados y recostados. Había chicas y muchachos que yo ya había visto  paseando por la barra. Toda gente muy linda. Entonces observé a mi anfitrión. Vestía simplemente un  jean azul y una camisola también azul de cuello Mao bordado. Su pelo lacio muy fino, largo hasta los hombros y partido a un lado le cubría parte del rostro. Miraba el dibujo y me miraba sonriente. Sus ojos verdes-castaños eran muy vivaces, grandes y levemente achinados.
Boca grande y carnosa de caboclo. Pómulos y mejillas anchos y fuerte mentón. Me hizo una seña con su pulgar queriéndome decir que aprobaba mi dibujo. Acerqué mi boca a su oído y suavemente le pregunté:
-          ¿Quein é voce?
Él puso su boca en mi oido y dijo:
-Eu sou Esmeraldo… ¿e vocé?...
Me costó creer que alguién pudiese llamarse así. Él dijo “Ismeraldo con una “e” inicial con algo de “i”          y arrastrando suavemente una “erre” gutural. Acerqué entonces mi boca y le dije mi nombre. Expresamente puse algo de “u” en la pronunciación de la “o” inicial, porque sabía que entonces mi nombre sonaría para él con un doble significado: Omar, o mar, u mar, el mar.
Asintió con una amplia sonrisa de crianza mientras con una mano dibujaba en el aire una onda como las olas del mar, mientras yo uniendo los nombres pensaba “o mar… esmeraldo”…
Nos miramos con más atención. Nos miramos fijamente a los ojos. Su expresión era radiante, serena, placentera. Sus labios se estiraban en una suave sonrisa. Sus ojos me recorrían y volvían a fijarse en mis ojos. Yo veía su áurea. Estaba envuelto en una luminosidad dorada. Y así estuvimos largo tiempo en estado de pura contemplación y reconocimiento. Después se incorporó lentamente y me tendió la mano. Me paré y él me condujo hasta la ventana abierta. Nos apoyamos en el marco y nos asomamos a la noche. Era una magnífica noche estrellada y creo que nunca he vuelto a ver tras una ventana tal profusión de estrellas. Creí que desde esa ventana se veía el cielo de todos los hemisferios terrestres. El espacio vibraba, las estrellas centellaban y la casa y nosotros nos estremecíamos. Tuve la fuerte sensación de estar en una nave espacial que se desplazaba a velocidades siderales a través del universo. Sentí vértigo. El espacio parecía poder succionarme. La fuerza cósmica me arrancaría de la ventana y yo caería hacia arriba atraído por la gravitación de esas lejanas galaxias. Volvimos a mirarnos entonces me tranquilicé al ver que las estrellas estaban también ahí en su mirada, y pensé que si lo inmensamente grande se hallaba contenido en el tamaño diminuto de sus pupilas entonces todo estaba controlado y no había nada que temer. Me sentí ingrávido. Sin duda que podría salir por la ventana, bailar sobre los tejados y volver junto a Esmeraldo. Con las manos aferradas al marco de la ventana eché la cabeza hacia atrás buscando el cénit de la noche. Él se sentó en la ventana y volvimos a hacer coincidir otra vez nuestras miradas. En esa posición yo tenía frente a mi su rostro mirándome y detrás suyo todo ese lucerío alborotado del cielo. Su cabeza flotaba en la noche y como en mis dibujos todo se  transparentaba y se superponía. Sus ojos, su pelo y su boca eran otras tantas constelaciones Yo veía todo con un ligero efecto ojo de pez donde Esmeraldo y la noche constelada me envolvían como una atmósfera.
Un grupo de personas se levantaron y salieron silenciosamente. Nos saludaron desde la calle agitando las manos. Esmeraldo desmontó de la ventana y volvió a conducirme de la mano hasta una colchoneta con almohadones. Las luces se apagaron, y la guitarra se silenció. Estábamos en el centro del cuarto  iluminados solo por la luz de las estrellas. Él se sentó en la posición del loto y yo me senté así también exactamente frente a él. Y ahí comenzó todo.
Estábamos así frente a frente y muy cerca. A un lado la ventana abierta arrojaba sobre nosotros toda esa fosforescencia estelar, y hacia el otro lado nos rodeaba la penumbra del cuarto. Así permanecimos un tiempo, siempre las miradas y la sonrisa flotando entre nosotros. Y cuando todo alrededor se aquietó por completo, Esmeraldo hizo con la cabeza una breve señal indicando que podíamos comenzar.

Nuestros ojos se fijaron bien cada uno en los del otro y entonces, al poco tiempo algo empezó a pasar. En la periferia del campo visual algo estaba sucediendo, algo se movía y giraba como volutas de humo. Alrededor de la visión todo se desenfocaba y se esfumaba. Para percibirlo había que realizar un doble trabajo: concentrar la visión en el centro focal, en los ojos del otro, pero al mismo tiempo prestar atención a lo que sucedía alrededor. Entonces todo comenzó a girar. La visión era un inmenso remolino que iba de la periferia al centro y del centro a la periferia. Y en el centro de ese mandala, la mirada siempre, flotando en el espacio. El tiempo y los movimientos se aceleraron y dejé de ver los rasgos fisionómicos de Esmeraldo. Todo se unió y se desintegró en polvo y hubo una avalancha de tinieblas saltando hacia delante y cuando todo se borraba los ojos irradiaron un rápido destello material casi tangible, y así la luz empujó desplazando a las sombras. Las líneas del rostro volvieron a hacerse visibles lentamente. Esa luz parecía un fuerte chorro de agua cayendo sobre un vidrio embarrado. Esa luz flotaba y limpiaba y se extendía y pulía todo a su paso. Proveniente de la mirada ganaba espacio y volvía a hacer nítidas las formas que se habían hundido en el caos tenebroso. El entorno se restituyó. El rostro, las facciones, la ventana, la habitación, la noche estrellada… Pero cuando sentí que podía tranquilizarme comprobé algo que me hizo saltar en mi mismo: Esmeraldo era otro. Creo que es la única forma posible de decirlo. Si, Esmeraldo, él mismo era otro. Algo había cambiado puesto que ya no era el mismo. Y en realidad había cambiado todo, porque ya no era la misma persona de antes… Y al mismo tiempo no había cambiado nada. Es decir, seguía siendo Esmeraldo con su mismo pelo lacio fino cayendo hacia los lados y su hermosa boca emitiendo esa agradable sonrisa, su cara ancha bien enmarcada, sus ojos ligeramente oblicuos… y sin embargo cuanto mas lo observaba era mas notable que un cambio profundo se había producido. Porque desde el momento en que abrió la puerta cuando lo vi por primera vez yo había percibido si, un ser bello, luminoso, sofisticado, socializado; y ahora en cambio estaba ante un Esmeraldo a quien no vacilaría en calificar de prehistórico. Su pelo tenía texturas vegetales, su piel era de arena aurífera del lecho de los ríos, sus ojos parecían gemas sin pulir igualmente preciosas. La boca había sido tallada en la piedra y horadada por los vientos, y lo que era mas notable aún, todo su cráneo parecía emerger recientemente con su maravillosa forma humana evolucionada de algún eslabón precedente., de algún oscuro primate… Si, acababa de dar el primer paso humano en el camino de la evolución. Y sin embargo era el mismo Esmeraldo. Su sonrisa se hizo más nítida y se extendió a todo el rostro. Sin duda sus ojos sonreían y el mandala de la visión volvió a accionar sus fuerzas centrífugas y centrípetas.  Aquél vértigo de formas en expansión y contracción, aquel movimiento de la luz y la sombra volvió a comenzar. La serpiente volvió a devorar el sol y cuando quedó solo la mirada suspendida en el vacío entonces renació la luz, volvieron a emerger las formas y una vez mas Esmeraldo se había transformado. Sin dejar de ser el mismo estaba muy lejos de ser el que había sido momentos antes. La materia se había concentrado y tenía la contextura de los metales sólidos. Ahí estaba su boca de cobre, su piel de bronce, su frente de plata, sus ojos de cuarzo y todo su cuerpo compuesto de sólidas aleaciones de oro. Y este Esmeraldo no había sido formado por la acción de los elementos naturales como su precedente, este nuevo Esmeraldo había sido forjado en vivo por sí mismo. En un minucioso proceso de auto-realización se había esculpido miembro a miembro, rasgo a rasgo él mismo a sí mismo. El tiempo se aceleraba. Otra vez volvió a girar la rueda del mandala. Otra vez volví a estar suspendido en medio del abismo unido al universo solo por la persistencia de la mirada. Y cuando la luz líquida volvió a establecer el dominio de lo visible, Esmeraldo había vuelto a mutar. Había dejado de ser su propio artífice; ya no era el laborioso producto de sus manos. Algo se había producido en él en algún momento que como un viento huracanado lo había arrojado violentamente al mundo abstracto de las ideas. A través de su frente, como una larga cinta móvil yo podía percibir lo complejo de su pensamiento en forma de signos, relaciones, figuras, ecuaciones. Un concepto simple se desdoblaba y se multiplicaba infinidad de veces. El espacio se exploraba en todas las dimensiones posibles. Cada pensamiento que brotaba en su mente debía ser rigurosamente analizado como un extenso teorema. Su visión percibía el mundo circundante como estructuras bien definidas y conocibles.
La visión era como una llave que abriese a su paso complejas cajas chinas que remitían cada percepción a un mundo de modelos arquetípicos impersonales compuestos de cuerpos simples como poliedros. Los sentidos del tacto, del oído, del olfato, del gusto respondían a esquemas físicos, químicos y magnéticos. En su contextura física era evidente la estructura atómica. Vivía en el alucinante mundo fenoménico donde todo se observaba, se experimentaba, se reproducía, se enunciaba. Los sentimientos y las emociones podían traducirse a puras fórmulas. Y cuando percibí que ese mundo estaba saturado de todos los significados posibles, la esfera mandálica volvió a poner en acción aquel extraño juego de lo invisible tragando a lo visible para finalmente volver a hacer surgir lo visible del seno mismo de lo invisible. Los cambios se sucedían cada vez a mayor velocidad. Cada transformación parecía dividir el tiempo presente a la mitad del pasado, y no obstante, cada nuevo ser parecía tener mayor extensión en el tiempo. Y así fue que me encontré de pronto ante el producto de un nuevo cambio. Esta vez la comprensión de la imagen me llegó a través de una súbita intuición. Antes de haber visto yo ya sabía. Las transformaciones anteriores conservaban entre si una relación de continuidad pero ahora se había producido un salto desmesurado de octava, mi amigo Esmeraldo, si es que todavía era posible llamarlo por su nombre sustantivo o había que pensar en un nombre adjetivo, un nombre verbal, él estaba siendo nada menos que el Buda viviente, el Iluminado Señor Maytreya Buda, ¡Om Mani Padme Hum!, la Joya en el Loto, Señor de las Esmeraldas. Entonces me abandoné a un estado beatífico de pura contemplación. Como… ¿acaso no lo había notado desde el primer momento? Era evidente que todo conducía aceleradamente a la realización de este descubrimiento, a esa implícita revelación. Algo que había estado ahí todo el tiempo y por lo que sin embargo había tenido que recorrer un largo y sinuoso camino para hacerlo visible. Ahí estaba la semilla profundamente afianzada en el barro y después el tallo había atravesado trabajosamente el agua buscando  la luz de la superficie, y una vez alli, cuando hubo emergido desarrolló sus hojas y así por fin abrió sus pétalos y estaba ahí…La Joya en el Loto. Noté que sus manos habían formado exquisitos mudras y un aura dorada como una esfera de partículas infinitesimales envolvía su cabeza. Sus ojos me veían, sin duda pero sus párpados estaban entornados y su mirada se fijaba en algún punto de su nariz lo que me hizo suponer que me veía doble. Comprendí instantáneamente que las líneas de refracción se su mirada me proyectaba a… su propia interioridad en un fenómeno extraordinario de intrayección donde él y yo… Pero no pude seguir pensando porque su mano derecha se elevó en un mudra de dedo medio unido al pulgar con el índice extendido hacia su boca lo que me pareció señalar al mismo tiempo que indicar el silenciamiento de toda especulación para volver a establecer el disfrute de la contemplación como la realidad suprema. A partir de entonces pudieron haberse sucedido las edades geológicas, porque cuando volví a tener una leve conciencia del tiempo cronológico noté que estaba amaneciendo y que una claridad celeste-rosácea muy tenue llegaba desde la ventana abierta.
Sentí que la experiencia llegaba a su fin. Pero la luz diurna que avanzaba volvió a accionar la llave del mandala. Entonces, ahora tanto las fuerzas luminosas como las tenebrosas del amanecer adquirieron una existencia material mas intensa. Esos densos plasmas lumínicos que pujaban contra  pesadas concentraciones de oscuridad estaban exactamente más allá de la física. En la Metafísica.
Supe que la mayor parte de lo que estaba sucediendo escapaba a mi comprensión. Hubo una serie de resplandores estroboscópicos con estallidos de luz mas intensos que la luz diurna y de repente, como si la naturaleza se hubiese visto compulsada a tomar un atajo ajeno a la lógica y como abreviando un complejísimo desarrollo con una disparatada resolución por el absurdo, el plano de las cosas cotidianas volvió a ocupar su lugar con la ventana, la habitación, los ruidos que comenzaban a despertar en la calle… y Esmeraldo, ahí mismo, frente a mi. Pero esto si que era verdaderamente divertido… la mañana entera se reía… El universo entero era una gran carcajada. Y me pareció que todos los seres posibles, todas las formas inteligentes del universo estaban unidos a la expresión  de esa fantástica risa. En un impulso irresistible alargué mi mano y toqué a Esmeraldo. Cuando noté que la visión era real, que tenía un cuerpo tangible, comencé a recorrer lentamente a Esmeraldo con las manos en un prolongado reconocimiento que tenía al mismo tiempo la calidad de la más tierna caricia. Mis dedos se demoraban con placer infinito palpando el metalizado lamé azul de su traje. Después recorrieron sus hombros, acariciaron su torso y remontaron hasta su cara
para acariciar los finos hilos dorados de sus pelos, los suaves pétalos de sus pómulos, el trazo alado de sus párpados como hojas de té, sus ojos achinados, la línea exquisita de su boca… Las gemas de sus ojos me miraron
y entonces se restableció el orden natural de todas las cosas, porque me hizo sentir que me veían a mi, me convocaban, me consolidaban y me con-formaban
Entonces rompiendo el silencio por primera vez desde que nos habíamos encontrado le pregunté:
-          Esmeraldo… ¿quein é vocé?
A lo que él muy naturalmente contestó con otra pregunta:
- ¿E vocé, Omar?...
Lo que nos hizo sonreir  con la luminosidad de  innumerables soles… Pero inmediatamente, Esmeraldo reflexionó y como con un súbito sobresalto dijo:

- Mais…¿cómo nois vamos facer agora? 



(continuará)